
Las lluvias intensas que vienen afectando a Arequipa deben llevarnos a cuestionar si estamos realmente frente a un “desastre natural” inevitable o ante las consecuencias acumuladas de una ciudad que no ha sabido convivir con su territorio. Inundaciones, activación de quebradas, colapso de torrenteras, daños a la propiedad privada y los ya conocidos aniegos en las vías de tránsito no son hechos nuevos. Sin embargo, atribuir estos impactos únicamente a la “fuerza de la naturaleza” constituye una explicación incompleta y, sobre todo, culturalmente peligrosa. Naturalizar el desastre sólo invisibiliza la responsabilidad humana.
A nivel internacional existe un amplio consenso: los desastres no son naturales. La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) sostiene que un desastre ocurre cuando una amenaza natural interactúa con condiciones de vulnerabilidad creadas por las personas.
La lluvia, por sí sola, no genera una tragedia. La tragedia aparece cuando una ciudad ignora la memoria del agua, y muchas veces por intereses particulares, construye sobre torrenteras, invade fajas marginales y reemplaza sistemas naturales de drenaje por superficies impermeables.
Arequipa es una ciudad atravesada por quebradas y torrenteras que cumplen una función clara: conducir los excedentes hídricos durante eventos de lluvia intensa. Durante décadas, estos espacios actuaron como corredores naturales de seguridad. Hoy, muchos han sido ocupados, estrechados o alterados, convirtiéndose en puntos críticos de riesgo.
La UNESCO, a través de su Programa Hidrológico Intergubernamental, ha señalado que las ciudades que no reconocen la dinámica natural del agua terminan aumentando su exposición al riesgo, incluso frente a eventos climáticos moderados.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) advierte que el calentamiento global intensifica los extremos hidrológicos: lluvias más cortas, pero mucho más intensas, seguidas de períodos prolongados de sequía.
Frente a este escenario, continuar diseñando la ciudad ignorando la dinámica de las lluvias no solo constituye una forma de negación técnica, sino también una renuncia al deber de planificar en favor del bien común.
Tradicionalmente, la seguridad hídrica se ha entendido como la capacidad de garantizar agua para los usos humano, agrícola e industrial. Bajo ese enfoque, Arequipa ha logrado avances importantes y, en términos de disponibilidad, el abastecimiento proyectado para 2026 no constituye hoy el principal problema.
No obstante, la OCDE propone una definición más amplia: la seguridad hídrica es la capacidad de una sociedad para gestionar los riesgos asociados al agua, incluyendo inundaciones, sequías y eventos extremos. Bajo esta mirada, una ciudad no puede considerarse segura si cada temporada de lluvias pone en riesgo vidas, viviendas e infraestructura.
No existe seguridad hídrica cuando el agua, en lugar de ser gestionada, se convierte en una amenaza.
En este contexto, resulta clave avanzar hacia soluciones que no busquen únicamente evacuar el agua lo más rápido posible, sino captarla, regular y aprovecharla de manera segura. En esa línea, desde el Fondo Alianza por el Agua se vienen explorando iniciativas técnicas de captación y aprovechamiento de agua de lluvia en zonas de quebradas, como en el sector de Enace, en Cayma, donde la propia geografía ofrece oportunidades para reducir riesgos y, al mismo tiempo, fortalecer la resiliencia hídrica local.
Este tipo de enfoques, basados en infraestructura natural y soluciones alineadas con la dinámica del territorio, son coherentes con las recomendaciones internacionales y representan una alternativa frente al enfoque reactivo que históricamente ha predominado.
Las lluvias actuales no son una anomalía pasajera, sino una señal clara de los límites de nuestro modelo urbano. El discurso del “desastre natural” sólo posterga decisiones urgentes: devolver las dimensiones normales a torrenteras y fajas marginales, tener un sistema de drenaje sostenible, integrar el riesgo climático en la planificación urbana y comprender que adaptarse es una dimensión central de la seguridad hídrica.
Porque no basta con tener agua disponible. No podemos hablar de seguridad hídrica si, como ciudad, no contamos con los medios necesarios para convivir con la variabilidad climática: lluvia y sequía.
El agua siempre vuelve por donde pasó.
La pregunta es: ¿seremos capaces de respetar su espacio cuando no la veamos?
Mg. Luis Gerardo Gutiérrez Martínez
Coordinador Ejecutivo
Fondo Alianza por el Agua
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